Por Jacqueline Henderson.
—Hemos llegado—me dice el conductor del taxi al llegar a la mansión de mis suegros, porque eso era, nunca ha sido mi hogar.
—Muchas gracias.
—Que tenga un buen día, señorita.
Señorita… que extraño se escuchaba que me dijeran así, aunque ser una viuda a los 32 años podría descatalogarse como volver a llamarme señorita y no señora ¿no?
Aún así, era extraño que aunque ha pasado el tiempo todavía uso mi argolla de matrimonio. Creo que es la forma que tengo de recordarme a