POR BRUNO CICARELLI
—Ven, vamos a abrazar a nuestro dulce de tiramisú.
Me dice mi hermosa diosa de ébano y yo… yo estoy que me muero. Me duele el pecho y tengo ganas de llorar ¿me estaré muriendo?
Es que todo esto es tan repentino, hace nada nos estábamos conociendo en una sala de hospital y ahora… ahora dejaba sin pelear siquiera un poquito que mi niña, mis ojos, mi vida entera le diera el sí a un hombre que le dobla la edad.
Bueno, ni tanto, son solo ocho años, casi nueve…
—No. Me resisto, no