El silencio en la habitación era denso, casi sofocante. Oriana permanecía sentada en el borde de la cama, con la mirada fija en el suelo, mientras Gabriel la observaba con cautela. Aún sentía en su piel el eco de la voz de su madre, la calidez de su mano en la visión… y el peso de la verdad.
El pasado estaba cada vez más cerca, y ella no podía permitirse detenerse.
—¿Estás bien? —preguntó Gabriel en voz baja.
Oriana parpadeó y volvió su mirada hacia él. Sus ojos reflejaban su preocupación, pero