El silencio dentro del auto de Gabriel era sofocante. Apenas unos minutos antes, sus bocas se habían devorado con una desesperación que amenazaba con consumirlos, pero ahora, él tenía las manos firmes en el volante, la mandíbula apretada y la mirada fija en la calle.
Oriana, aún respirando agitadamente, miraba la silueta tensa de Gabriel bajo la luz tenue de las farolas. Su mente era un caos. El deseo aún ardía en su piel, en sus labios, en la forma en que su cuerpo temblaba con la necesidad in