La noche llegó envuelta en una calma extraña, una de esas que no traen paz, sino despedida.
Marcus estaba sentado en la cama de los niños, con el libro abierto en las manos, intentando mantener la rutina de todas las noches. Su voz era suave, constante, pero no lograba ocultar la tensión que llevaba dentro. Frente a él, Micca y Marcel no estaban como siempre; no reían, no interrumpían la historia, no hacían preguntas… estaban callados.
Tristes.
—¿De verdad te tienes que ir, papi? —preguntó Marc