Ismael estaba sentado en la sala de espera. Los dos días de preparación habían pasado rápido, demasiado rápido para su gusto.
Durante cuarenta y ocho horas había intentado mantenerse ocupado leyendo informes, hablando con los médicos y vigilando que Aranza tomara cada medicamento que le indicaban, pero ahora ya no había nada que hacer.
Solo esperar.
Y para alguien acostumbrado a resolver problemas con dinero, poder o influencia, aquella espera era una verdadera tortura.
Gisella tomaba su mano t