El avión aterrizó con suavidad, pero dentro de Marcus no había nada calmado.
Apenas puso un pie en América, algo cambió.
Ya no estaba el hombre que leía cuentos por las noches, que sonreía con dulzura ni el padre que se dejaba abrazar por sus hijos. Tampoco quedaba rastro de esos ojos llenos de amor con los que miraba a Katrina.
Ese hombre… se quedó en París.
El que caminaba ahora por la pista era otro, frío, imponente, peligroso.
El CEO Marcus Miles.
Gustavo avanzaba a su lado con la misma ene