María Gracia estaba en la habitación de los chicos, el día había sido largo, los niños jugaron con ella, comieron helado y ahora era tiempo de acostarse, el cansancio ya se notaba en sus ojitos, pero aun así no querían separarse de su tía recién llegada.
—Tía Gracia, qué bueno que volviste, te extrañamos mucho —dijo uno de los mellizos, aferrándose a su brazo.
—Yo también, mis querubines, los extrañé muchísimo —respondió ella con dulzura, acariciando sus cabecitas—, pero estaré por un tiempo, m