La oficina de Gustavo estaba cargada de una tensión incómoda.
Ismael permanecía de pie frente a la ventana, con las manos en los bolsillos, mirando hacia el exterior como si esperara que alguien apareciera en cualquier momento. Y ese alguien tenía nombre: Gissela Carson.
Pero ella no iba a volver.
Gustavo lo observó unos segundos antes de apoyarse contra el escritorio.
—Bueno, señor Dubois —dijo finalmente con calma—, ya leyó nuestro plan de trabajo, así que sabe de que se trata. Su condición f