—Señor Rossi, tome asiento —decía Gustavo con tono profesional, completamente ajeno a la tormenta que se vivía fuera de la sala.
—Señor Rossi no… qué anticuado, llámame Marco —respondió él con una sonrisa relajada mientras se acomodaba en la silla, cruzando una pierna con total confianza.
Gustavo asintió levemente, hojeando el documento.
—Tengo que preguntar… ¿conoces a Miguel Rossi?
—Sí, claro, es mi primo de América, prácticamente un hermano para mí, ¿cómo lo conoces?
—Es amigo nuestro, estuv