Te tengo

Al otro día Marcus no estaba del todo concentrado, su encuentro con Katrina lo había dejado inquieto, no podía sacar de su mente su rostro, estaba radiante y seguro que era por su embarazo. Una leve sonrisa apareció en sus labios tan solo imaginarla con su pancita. Sacudió su cabeza e intentó concentrarse a pesar de que las facturas se acumulaban sobre su escritorio como una acusación silenciosa. Bolsos de diseñador, restaurantes exclusivos, ropa que costaba lo mismo que el sueldo anual de un empleado promedio. Miles y miles de dólares.

Lo que más lo irritaba no era el dinero.

Era el caos.

La empresa seguía funcionando, sí, pero le costaba el doble sin Katrina. Habían pasado ya cuatro meses desde que se fue de la empresa. Ronald hacía todo lo posible, se esforzaba, aprendía rápido… pero Katrina siempre había ido un paso adelante. Siempre adivinaba lo que Marcus necesitaba incluso antes de que él supiera formularlo.

Ahora todo era más lento. Más torpe. Más pesado. No había día que Katrina no viniera a su mente añorándola.

Y Ángela…

Ángela se había encargado de despedir a todas las mujeres que trabajaban cerca de Marcus. Cada secretaria había sido reemplazada por un secretario, bajo el argumento de “evitar malos entendidos”.

Marcus no había protestado. No tenía fuerzas para otra discusión, el matrimonio que él pensó que sería un paraíso, se había transformado en un infierno.

La puerta de su oficina se abrió de golpe.

Gustavo, su mejor amigo y socio entró furioso y lanzó un informe sobre el escritorio.

—¿Se puede saber por qué la señora Miles está usando la tarjeta de la empresa para comprarse un vestido de quince mil dólares? —rugió—. ¿Desde cuándo nosotros pagamos los lujos de esa mujer?

Marcus suspiró, agotado.

—Fue un error. Tomó la tarjeta de la empresa pensando que era la suya. Yo cubriré esos gastos.

—¿Puedes al menos mirar los gráficos? —insistió Gustavo—. Marcus, la empresa estaba creciendo un trescientos por ciento. Estábamos generando ganancias históricas. Estábamos haciéndonos un nombre a nivel mundial. ¿Y qué pasó? Llegó esa zorra, te hizo despedir a Trina… y todo se fue al carajo. Sin ella no somos nada.

Marcus se pasó las manos por el rostro, desesperado.

—Yo también la extraño, Gustavo —admitió con la voz quebrada—. Extraño su café, su sándwich, su manera de solucionar problemas… su forma de leerme la mente incluso cuando yo no sabía qué hacer, estos cuatro meses han sido un infierno.

—Claro —escupió Gustavo—. Pero ahí vas tú, despidiéndola para cumplirle el capricho a esa zorra, bravo, lograste casarte con ella, ahora dime ¿Qué has ganado?.

—No la llames así —respondió Marcus, tenso—. Es mi esposa.

—Zorra, zorra, zorra —repitió Gustavo—. Saltó de cama en cama en Europa mientras te dejaba hecho MlERDA parado en el altar. No sé cómo no te contagiaste alguna enfermedad. Llega y te dice que despidas a Trina para casarse contigo y tú le haces caso.

—¡Gustavo! —Marcus se apretó el puente de la nariz—. Sé que la detestas, pero respétala. Es mi esposa.

—¿Y qué te ha traído eso? —replicó Gustavo—. Llevas tres meses casado y ya gastó una cuarta parte de tu fortuna. No quiero imaginar qué pasará en un año. Serás un CEO pobre y triste, un hazmerreir entre todos los CEOS de la ciudad.

—Eso no pasará. Hablaré con ella.

Gustavo soltó una carcajada amarga.

—Claro… como si te hiciera caso. Siempre ha sido consentida. No puedes negarle nada.

—No es tan simple…

—Eres patético.

Como si el universo la hubiera invocado, la puerta se abrió.

Ángela entró con paso seguro, vestida de diseñador, tacones altos y una sonrisa arrogante que llenó la oficina.

—Gustavo —dijo con voz chillona—. Qué bueno verte, tanto tiempo.

Gustavo la miró con absoluto desprecio y se giró para irse.

—Gus, deberías saludar a la esposa de tu amigo ¿No crees? —provocó ella.

Gustavo se detuvo.

—Escúchame bien, Ángela —dijo sin mirarla—. Sé perfectamente lo que hiciste en Europa. No te hagas la señora conmigo. Solo te diré algo: no vuelvas a tocar el dinero de la empresa para tus gastos estúpidos. Si quieres lujos, ahí tienes al tarado de Marcus que te los pague, pero no vuelvas a usar la tarjeta de la empresa. Eso de que “te equivocaste” no te lo creo. Tú no das puntada sin hilo.

—¡Gustavo! —chilló ella—. No me trates así.

—Te trato como lo que eres. Una zorra oportunista.

Miró a Marcus, que se había puesto de pie, y salió dando un portazo.

—Amor —dijo Ángela de inmediato, acercándose—. ¿Viste cómo me trata tu amigo? Y tú no dices nada. Soy tu esposa. Deben respetarme.

—Angy… —Marcus respiró hondo—. Tiene razón en algo. No puedes gastar dinero de la empresa.

—¿Y por qué no? —replicó—. Es tu empresa. Lo tuyo es mío, ¿recuerdas?

—Lo sé, pero no es solo mía. Tengo socios.

Hizo una pausa.

—¿Fuiste al médico? ¿Te dijo algo de por qué no quedas embarazada? Llevamos tres meses intentándolo.

—Nada —respondió ella con desdén—. Dice que puede ser estrés.

—Ya veo…

Marcus intentó besarla, pero Ángela se apartó.

—Estamos en tu oficina, Marcus. ¿Qué van a decir?

—Angy… dime algo. ¿Me amas? —preguntó con inseguridad—. Hace días que no me dejas tocarte.

—Estoy cerca de mis días —respondió con fastidio—. No ando de humor. De hecho, venía a pedirte la tarjeta. Tengo una junta con mis amigas y queremos ir de compras.

—Amor, por favor, deja de comprar cosas innecesarias.

—Mi guardarropa no es innecesario —replicó—. Debo lucir hermosa como la esposa de Marcus Miles.

Marcus cerró los ojos un segundo.

—Está bien… pero hoy cenemos juntos. Trata de llegar temprano.

—No me pongas horarios —lo cortó—. No eres mi dueño. Si quiero llegar tarde, lo haré.

Tomó la tarjeta y se dirigió a la puerta.

—Adiós, amor.

Marcus quedó solo.

El silencio de la oficina pesaba más que cualquier grito.

Ángela salió contorneándose de la oficina de Marcus, pero no se dio cuenta que alguien la observaba, llegó a su auto y manejó sin prisa, aparcó en el lugar de siempre y entró al hotel que tantas veces había ido.

Gustavo al otro lado de la calla sonrió.

— Una vez zorra, siempre zorra, te tengo maldita bruja.

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