Ángela abrió los ojos, realmente asustada por primera vez.
—Marcus… suéltame, me haces daño…
Él no aflojó, al contrario.
Sus dedos se tensaron un poco más alrededor de su cuello, obligándola a mirarlo.
—¿Sí? —su voz era baja, peligrosa—. ¿Y pensaste en el daño que le hacías a mi pequeña cuando la tironeaste? Tus dedos quedaron marcados en su bracito.
Ángela intentó recuperar el control.
—Marcus… no sé de qué hablas…
—¿No?
Marcus soltó una mano solo para sacar su celular. Con un movimiento seco,