El auto llegó a la mansión de Marco. Una nota estaba pegada en el portón.
—Mantis, te dejé el regalito en el sótano. Tú tienes la contraseña. Yo fui a ayudar a Angélica en el orfanato y a calmarla. Cariños, Marco.
Gigi sacó el papel y sonrió de lado.
—Siempre tan considerado.
Abrió el portón y ambos entraron. Caminaron directamente hacia el sótano como si conocieran cada rincón de aquella casa.
Al llegar a la puerta metálica, Gisella introdujo la clave. Los suaves pitidos rompieron el silencio