Las horas pasaban lentas, pesadas, como si el tiempo se hubiera detenido dentro de esa habitación, y aun así no había ninguna mejoría, ningún cambio, ninguna señal, Gerald no se separaba de Gracia, seguía sentado a su lado, sosteniendo su mano con cuidado, como si ese contacto fuera lo único que la mantenía anclada a la vida, sus labios no dejaban de moverse, susurrándole una y otra vez, como si pudiera alcanzarla en ese lugar oscuro donde ella estaba atrapada.
—Por favor, mi mariposa… vuelve,