Las horas pasaron tranquilas dentro de la habitación de George. Afuera la mansión seguía llena de movimiento, pero ahí dentro parecía existir otro mundo. Margaret permaneció a su lado todo el tiempo, cuidándolo con una dedicación silenciosa que le apretaba el pecho. Cambiaba los paños fríos, le acomodaba las almohadas, le preparaba las infusiones horribles de jengibre que él seguía tomando solo porque venían de sus manos, y de vez en cuando dejaba pequeños besos suaves sobre su frente o su meji