Habla, que le diste

En la cocina, Margaret estaba completamente roja y nerviosa mientras cortaba verduras para prepararle la cena a George. Trataba de concentrarse en el sonido del cuchillo contra la tabla, pero cada vez que recordaba cómo Fabiano los había encontrado besándose sentía que quería morirse de vergüenza.

La nana la miró con curiosidad.

—Señora, ¿necesita ayuda? ¿Le pasa algo?

—No, estoy bien… solo me atrasé un poco.

—Es temprano, tranquila.

Margaret asintió rápido, evitando levantar demasiado la vista
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