Después de una hora interminable, William salió finalmente de la estación de policía.
La calle estaba prácticamente vacía.
Las luces de los postes iluminaban apenas la vereda húmeda y algunas patrullas permanecían estacionadas a la distancia. Eran cerca de las tres de la madrugada y el silencio de la ciudad a esa hora resultaba inquietante.
Sus pasos fueron lentos, cautelosos, miraba constantemente a ambos lados, esperaba ver aparecer a Fabiano, a Marco o a Gisella en cualquier momento, pero no