La puerta de la mansión de Marco se abrió lentamente y Marcus entró con paso firme. El lugar estaba en silencio, pero desde el sótano llegaban gemidos de dolor, golpes sordos y el eco de una respiración agónica que llevaba horas luchando por mantenerse consciente. Marcus bajó las escaleras sin prisa, con la mandíbula apretada y una oscuridad en los ojos que pocas veces se veía en él.
Al llegar al sótano encontró a William atado a una silla, cubierto de sangre, golpes y moretones. Apenas podía m