Pasaron dos días.
Marcus ya se encontraba mucho mejor. La cicatriz de su frente había dejado de necesitar curaciones, su labio estaba prácticamente sano y, aunque aún quedaban rastros del ataque, su presencia volvía a ser la de siempre: firme, imponente, peligroso.
Katrina no se había separado de él en ningún momento. Lo cuidaba con una dedicación casi obsesiva, pendiente de cada gesto, de cada movimiento, como si aún temiera que alguna herida se abriera o mágicamente empeorara.
Abajo, en la sa