Marcus permaneció sentado junto a la cama sin soltar la mano de Katrina. Sus dedos recorrían la piel de ella una y otra vez, como si necesitara asegurarse de que seguía ahí, de que seguía respirando, de que seguía siendo real. Besó sus nudillos, luego su frente vendada y finalmente apoyó la frente contra la mano que sostenía.
—Trina... perdón, perdón mi amor.
Las palabras salían rotas.
—Te prometí que nada te pasaría. Te prometí cuidarte.
Su voz se quebró.
—Y fallé.
Las lágrimas cayeron nuevame