En un parque cercano se vivía un caos completamente distinto al de la oficina.
Un caos vivo… cálido… lleno de risas.
Los mellizos corrían entre los juegos, gritando, riendo, persiguiéndose como pequeños torbellinos imposibles de contener. Sus voces llenaban el aire, y Margaret los seguía con la mirada sin perder detalle, como si temiera que, si parpadeaba, se perdería algo importante. Su celular capturaba cada instante: cada carcajada, cada salto, cada travesura.
—¡Abuelitaaaaaaa, empújame! —gr