Hey, el saco no tiene la culpa

En la mansión, Gissela entró como un vendaval a su habitación.

—¡AAAAAAAAARRRGHHHH! ¡Maldito insoportable! —gritó, lanzando el bolso a un lado—. ¡Jura que le voy a pedir perdón! ¡Prefiero arrastrarme por el infierno antes que darle el gusto! ¡Déspota, altanero de mierdaaaa… AAAAAAAAARRRGHH!

Tomó un almohadón y lo lanzó contra la cama con fuerza, como si fuera la cara de Ismael.

Respiraba agitada, molesta, hirviendo en furia, sin perder un segundo más, se cambió a ropa de entrenamiento y bajó di
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