Se lo tomaron más lento que lento.
Ese fue el acuerdo que Aria propuso la mañana después del beso, sentada en la barra de la cocina con Maya en la cadera y el café terrible de Daniel en la mano. Nada de prisas. Nada de suposiciones. Nada de retomar donde lo habían dejado, porque donde lo habían dejado había sido un desastre de silencios fríos, habitaciones separadas y un hombre que miraba a través de ella como si no existiera. Si iban a hacer esto —fuera lo que fuera "esto"—, lo harían desde ce