Edward Carter llegó a Vancouver una mañana gris de noviembre, sin anunciarse y sin acompañante, algo tan impropio de él que Aria casi no reconoció al hombre que estaba en su puerta.
Parecía mayor de lo que ella recordaba. Los años habían tallado líneas más profundas en su rostro, y su postura siempre erguida como un palo parecía ligeramente encorvada. Pero sus ojos seguían siendo afilados, calculadores, sin perderse nada.
"Aria", dijo, inclinando la cabeza. "Tiene buen aspecto."
"Parezco alguie