114. Confíes en mí.
Desde que mi vida quedó encerrada entre amenazas y papeles —donde todo parecía una falsedad de mi sangre— dormir se había vuelto un lujo que ya no conocía. Apretaba con fuerza mi séptimo café, ese que muy probablemente me daría taquicardia, pero era una mentira disfrazada de estabilidad. Aunque intentaba convencerme de que aún tenía el control, lo cierto era que lo estaba perdiendo… ya nada era seguro.
Había perdido por completo la esperanza de que se tratara de un error. Cada transacción era un