101. Para siempre
El aire entre nosotros, los adultos, se había congelado, espeso como un cristal que podía quebrarse con el más mínimo roce. Nadie respiraba con normalidad. El silencio nos envolvía como una sábana pesada y opresiva. Brian miraba a Milagros con una cautela extrema, como si cada movimiento suyo fuera decisivo, la sensación de que un simple gesto mal calculado bastara para hacerla huir. Era esa misma sensación inquietante de observar a un animalillo acorralado, vulnerable, al que no deseas espantar