El murmullo de la multitud era como un zumbido insoportable que perforaba los oídos de Elena. Estaba sobre una tarima iluminada por reflectores que no pedían permiso para quemarle la piel con su resplandor. Tenía las muñecas atadas a la espalda y las piernas temblorosas, pero no era por cansancio, sino por rabia. Una rabia mezclada con desesperación, con esa sensación de injusticia que la asfixiaba más que la soga invisible que rodeaba su cuello.
Sus ojos, grandes y oscuros, estaban bañados en