La brisa del puerto golpeaba con un olor salado y rancio. El eco metálico de las grúas en movimiento y el chillido lejano de las gaviotas acompañaban la escena como una sinfonía inquietante. La luz del sol ya estaba por salir a alumbrar y aún no tenía rastro de la mujer. Habían pasado dos días desde su desaparició. Alexander caminaba con pasos decididos, los ojos encendidos de furia y determinación. A su lado, Héctor lo seguía con la misma tensión reflejada en su rostro, observando cada sombra,