Capítulo 36: Terminar.
El lugar apestaba a óxido, sudor y desesperación. Alexander se acercó con paso lento, pero su mirada helaba el aire entre ellos. El mercenario, aún atado a la vieja silla de hierro, respiraba con dificultad. La herida en su ceja sangraba con lentitud, goteando sobre el suelo polvoriento del almacén abandonado.
— Repite eso — exigió Alexander con voz contenida, aunque por dentro ardía.
El mercenario intentó reír, pero solo emitió un jadeo áspero.
— Te dije lo que sé... no vi su cara. Solo fue un