Cuando vieron a Mila marcharse con Aldo, todos entendieron que la fiesta había terminado.
El ambiente se desinfló, como si un aire denso y cargado de incertidumbre se hubiera asentado en la sala.
—Iré al baño y nos vamos —dijo Mia, con la voz apenas firme.
El alcohol le había nublado un poco la mente, pero no lo suficiente para ignorar la sensación de vacío que se instalaba en su pecho.
Caminó por un pasillo con luces mortecinas y, de repente, sintió algo. Una presencia.
Se detuvo en seco.
Giró