Mila abofeteó a Francisco con una fuerza que resonó en la habitación.
El golpe no solo dejó una marca roja en su mejilla, sino que también fracturó el aire entre ellos, cargándolo de una tensión imposible de ignorar.
Francisco la miró con incredulidad, llevando una mano a su rostro adolorido. Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, reflejaban un atisbo de sorpresa, como si no pudiera creer que ella hubiera tenido el valor de hacerle frente.
—¡Vete al infierno! —escupió Mila, su voz quebrada