Terrance miró a la mujer frente a él con un odio profundo, tan frío y cortante como una cuchilla recién afilada.
Su mirada era un abismo de desprecio, y su voz, un filo que no dejaba lugar a interpretaciones.
—Si ya viniste a esparcir tu veneno, ahora puedes largarte —soltó sin contemplaciones.
Deborah parpadeó, desconcertada.
No esperaba un ataque tan directo.
Durante años, había manipulado, mentido y jugado con los sentimientos de los demás con la habilidad de una maestra. Pero en ese instante