—¡Bianca Eastwood, yo nunca me he arrodillado ante ninguna mujer! —exclamó Randall ferozmente, su voz era un trueno contenido, su mandíbula marcada por la furia.
Bianca lo miró con la misma calma burlona de siempre, aunque su corazón latía con fuerza.
—Siempre hay una primera vez —susurró, dejando que la frase se deslizara con suavidad, como una caricia envenenada—. Y me gusta ser la primera.
Los nudillos de Randall se pusieron blancos por la fuerza con la que apretó los puños. Sus ojos ardían c