La anciana María lloraba. Sus manos temblaban al aferrarse al borde del suéter que cubría su cuerpo frágil. Sus ojos suplicaban, pero Eugenio se mantuvo firme, con los labios apretados y la mandíbula tensa.
La escena se sentía irreal. Toda su vida había deseado el amor y la aprobación de su madre, pero ahora que la tenía de rodillas, no sentía satisfacción, solo un vacío desgarrador.
Eugenio bajó la mirada. Le dolía. Era su madre, después de todo. ¿Cómo podía ser tan cruel con ella? Pero no podí