Mia empujó a Eugenio con tal fuerza que rompió el beso en seco. La ira la invadió como un torrente, oscureciendo su visión. Su respiración era rápida y entrecortada, el corazón golpeando furiosamente contra su pecho.
—¡No, Eugenio! —su voz temblaba, pero la rabia la mantenía firme—. ¿De verdad crees que un beso puede solucionar todo el dolor que me diste? Esto acabó, ya no hay más que hablar, déjame ir.
Con esas palabras, Mia se dio la vuelta y salió del bar sin mirar atrás.
Su cuerpo se movía c