La multitud observaba en un silencio tenso mientras las dos niñas, tomadas de la mano, caminaban hacia su padre.
Sus ojos brillaban con inocencia, pero también con la esperanza de que, al menos por un momento, todo lo que había sucedido desapareciera.
De repente, una voz rasposa y llena de ira cortó el aire.
—¡Mocosas del demonio! —gritó Deborah, llena de furia.
Sus ojos estaban desorbitados, su rostro palidecido por la rabia.
Terrance la miró, sintió el fuego arder en su pecho, y por un momento