Francisco se debatió entre la furia y la desesperación cuando los policías lo rodearon. Su rostro se transformó en una máscara de incredulidad y rabia.
—¡No! ¡Soy inocente! —gritó, su voz cargada de desesperación.
Pero entonces la vio a ella.
Mila estaba de pie a unos metros, con la mirada firme, acompañada por el guardia que había fingido ser su cómplice. Fue en ese instante que lo comprendió todo.
—¡Era una trampa! —rugió, sus ojos ardiendo de odio—. ¡Maldita seas, Mila! ¡Voy a matarte!
Intent