Mansión Eastwood.
Lilian gritó con desesperación, su cuerpo contorsionándose por el dolor, pero las paredes del sótano eran como un muro infranqueable para los sonidos.
Ningún suspiro, ni llanto, ni grito lograrían escapar de ese lugar.
Estaba herida, y lo peor de todo: nadie parecía importarle. El aire, denso y pesado, parecía tragarse sus gemidos, ahogando cualquier rastro de humanidad que pudiera quedar.
—¡Habla! —ordenó uno de los guardias con una voz autoritaria, fría como el acero.
El homb