Sienna terminó de ponerse un camisón de seda muy fina. No le gustaba del todo, ya que apenas cubría su cuerpo y la tela era demasiado transparente.
Se sentó a la orilla de la cama y tomó una de las pomadas, esperando que funcionara para quitarle el enrojecimiento de su cuello, que todavía le ardía demasiado.
La puerta se abrió bruscamente, tomando a Sienna por sorpresa. Maximiliano entró y la observó, o, mejor dicho, la devoró con esos intensos ojos amarillos. Ella dejó la pomada sobre el buró.