Maximiliano veía a Sienna dormir; realmente le había aguantado el ritmo y habían cogido toda la noche. Ella yacía desnuda en la cama, con el cuerpo lleno de marcas de sus dientes y manos. Su coño enrojecido chorreaba la mezcla de sus fluidos y la abundante leche de él, manchando las sábanas. Se veía jodidamente sexy y destrozada por él.
—Lobita ardiente —susurró, mirándose las manos.
Tenía quemaduras leves; por la excitación de la noche no se había dado cuenta hasta ahora. Ni siquiera ella era