La noche de la cena, Emily se vistió con manos que apenas temblaban.
Silvia la ayudó con el vestido marino, arregló su cabello en un elegante recogido que dejaba al descubierto su cuello, y, con una precisión quirúrgica, le ajustó un tirante especial en el hombro izquierdo, donde la pequeña daga descansaba contra su piel, fría y reconfortante.
Su reflejo en el espejo era el de una extraña: serena, elegante, armada.
Caleb la esperaba al pie de las escaleras.
Vestía un traje negro a medida que