La decisión de mudarse a la Toscana se materializó con la velocidad que solo la fortuna de Caleb podía permitir.
Un mes después de aquella noche en la terraza, aterrizaban en un aeropuerto privado cerca de Florencia.
La propiedad, llamada «La Colina de los Olivos Silentes», era todo lo que Caleb había descrito y más.
Una casa señorial de piedra color miel, con tejados de teja vieja y cipreses erguidos como guardianes.
Necesitaba amor, pero sus huesos eran fuertes.
Lucia, ahora más despierta