Gael
El dolor era desgarrador, y el ónix de la espada seguía hundiéndose en mi cuerpo, atravesando mi carne mientras la sangre brotaba sin control y las paredes de la cámara vibraban a mi alrededor.
—No podrás, no lo tomarás... —susurré, mientras mi hermano me dejaba caer al suelo y la sangre seguía corriendo sin detenerse.
—Ya lo estoy haciendo… obsérvame, hermanito… —dijo Tiziano, con un gesto de satisfacción, y con horror comprobé que aquel camino que unía todo comenzaba a vibrar bajo nuest