Aristides
—¡Ágata! —grité, despertándome de la nada.
Habíamos acampado en este lugar árido y terrible. Sentía el aire seco que me raspaba la garganta y los pulmones. Había una tensión, como una energía extraña, en cada una de las piedras. Me levanté de un salto, como si hubiese tenido una pesadilla, solo la sensación de desesperación y el grito de ella.
—Ella estuvo en problemas, pero ya está mejor —me susurró Ajax.
Nos quedamos ahí viendo el amanecer, preocupados por nuestra dama del aire. Los