Agata
—Esto no es una manada, ¡es un basurero! —exclamé mientras avanzaba por las casuchas de esta manada olvidada por la diosa. A mi alrededor el caos crecía como un vendaval, ¡y aún yo no había movido mis manos!
—¡Cazadores! ¡Corran! —gritaban los omegas, los niños angustiados y los mayores de la manada, todos dejados a su suerte.
—¡Que los vientos me lleven! —grité cuando decidí cambiar de rumbo. No podía dejar a esas personas así, a la intemperie de un ataque. Ya había visto la capacidad de