POV: Aurora
La tierra sabía a sangre y a fracaso.
Escupí un bocado de barro y césped, sacudiendo la cabeza para despejar el zumbido en mis oídos. Mi hocico golpeó el suelo con un thump sordo. Otra vez.
—Patético —dijo una voz desde la valla lateral.
Un coro de risas siguió al comentario. No eran risas humanas. Eran ladridos cortos, burlones, sonidos guturales que los lobos hacen cuando se divierten a costa de un miembro débil de la manada.
Intenté levantarme. Mis patas delanteras resbalaron en el lodo. Mis patas traseras, que se sentían ridículamente largas y desconectadas de mi cerebro, se enredaron entre sí.
Caí de nuevo sobre mi costado peludo.
El dolor fue agudo en mi hombro, pero la humillación quemaba mucho más.
Era mi tercer día de entrenamiento. Y mi tercer día siendo el hazmerreír de la Manada Blackthorn.
Frente a mí, un lobo gris ceniza —Jace, un chico de diecisiete años que en forma humana tenía acné y brackets— me miraba con la lengua fuera, jadeando en una sonrisa lobuna.