POV: Aurora
La guerra huele a pólvora. La paz huele a talco y leche agria.
Llevábamos tres días atrincherados en el búnker. Tres días en los que el mundo exterior había dejado de existir. No sabíamos si Valerius estaba quemando el bosque o si Marcus estaba negociando nuestra rendición.
Y, honestamente, no me importaba.
Porque mi mundo se había reducido a tres metros cuadrados de hormigón y a una dictadora de tres kilos y medio llamada Aria.
Estaba sentada en la cama, con las piernas cruzadas, observando la escena más surrealista de mi vida.
Lucian Silvercrest, el Alfa que congelaba lagos con la mirada, estaba siendo derrotado por un pañal desechable.
—Esto es ingeniería deficiente —masculló Lucian, sosteniendo el pañal limpio con dos dedos como si fuera material radiactivo.
Estaba de pie junto a la mesa que ahora servía de cambiador. Aria, desnuda y pataleando felizmente sobre una toalla, lo miraba con sus ojos bicolores, desafiante.
—La cinta adhesiva va hacia atrás, Einstein —dijo K