POV: Aurora
El bosque del este no estaba vacío. Estaba lleno de ojos.
Habíamos conducido hasta un claro oculto, a dos kilómetros del Santuario de los Primeros. Era el punto de reunión. Kieran había enviado la señal a sus leales —los que estaban cansados de la tiranía de Marcus— y Lucian había contactado a los supervivientes de las Tierras Altas.
Bajé del Jeep con las piernas temblorosas.
El dolor del parto seguía ahí, un latido sordo en mi pelvis y espalda baja, pero la adrenalina y la magia de mi hija actuaban como la morfina más potente del mundo.
—¿Estás lista? —preguntó Kieran, ofreciéndome su brazo.
—No —admití—. Pero ella sí.
Miré el bulto en mis brazos. Aria estaba despierta. Sus ojos bicolores miraban las copas de los árboles con una curiosidad que no parecía humana. No lloraba. Observaba.
Caminamos hacia el centro del claro.
La multitud emergió de las sombras.
Era un ejército extraño.
A la izquierda, lobos. Guerreros jóvenes con uniformes negros desgastados, renegados de Blac