Cinco años después
El Salón del Consejo Supremo no había cambiado en cinco años. Las mismas columnas de mármol se alzaban hacia el techo abovedado, las mismas antorchas proyectaban sombras danzantes sobre las paredes de piedra antigua. Pero la atmósfera era diferente. Más tensa. Más cargada de expectativa y desconfianza.
Damián estaba de pie en el centro del círculo de juicio, con las manos esposadas con grilletes de plata que le quemaban la piel cada vez que intentaba moverlas. Su apariencia había cambiado drásticamente en esos cinco años. El cabello, antes corto y bien cuidado, ahora caía descuidado hasta sus hombros. Su rostro estaba más delgado, más anguloso, con una barba desaliñada que le daba un aspecto salvaje. Pero lo más inquietante eran sus ojos: ya no brillaban con el dorado característico de los alfas, sino con un fulgor carmesí oscuro que parecía arder desde dentro.
Los años de confinamiento no lo habían domado. Lo habían convertido en algo peor.
El Alfa Supremo de las M