La celebración se extendió hasta bien entrada la noche.
Hogueras fueron encendidas alrededor de la plaza, mesas largas se llenaron de comida y bebida, y la música comenzó a fluir como una corriente viva entre los lobos de Fuego Eterno. Lucía se movía entre ellos con Jacob a su lado, recibiendo saludos, inclinaciones de cabeza, sonrisas sinceras y miradas aún cautelosas pero respetuosas. No todos confiaban todavía, pero ninguno dudaba de lo que habían presenciado.
Ella lo sentía.
La aceptación no era solo simbólica; era real.
Kira caminaba erguida dentro de ella, orgullosa, marcando cada aroma, cada rostro, cada rincón de ese territorio que ahora también les pertenecía.
—Te lo advertí —murmuró Dylan cuando logró apartarla unos segundos de la multitud—. Iban a adorarte.
Lucía soltó una risa suave, todavía abrumada.
—Aún no me acostumbro a que me llamen “Luna” aquí.
—Hazlo —intervino Thalia con una sonrisa ladeada—. Porque lo eres. Y no cualquiera pasa tres pruebas frente a una manada co